Capitulo 49

La noche había caído sobre la ciudad como un terciopelo oscuro salpicado de luces. El asfalto aún guardaba el calor del día, y las farolas dibujaban halos dorados en el camino que conducía a la mansión de Jimena. Tiago conducía con una calma engañosa, los dedos relajados sobre el volante, pero con la mente incendiada de anticipación.

Al doblar por el camino privado, las ruedas de su auto crujieron sobre la grava perfectamente cuidada. Desde la distancia, la mansión se erguía imponente, bañada p
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