El grito de Kael atravesó el vínculo antes de llegar a mis oídos.
No fue un sonido humano.
Fue el rugido de un lobo herido, mezclado con una sacudida tan violenta dentro de mi pecho que caí de rodillas junto a la ventana rota.
Pip empezó a ladrar.
A lo lejos, las antorchas de la barrera norte se apagaron una tras otra.
Una.
Dos.
Tres.
Después, la oscuridad se tragó la línea completa del muro.
—Kael.
El vínculo respondió con dolor.
Sangre.
Plata.
Trampa.
La puerta de los aposentos seguía cerrada