Durante mucho tiempo creí que los finales eran momentos concretos.
Un día.
Una batalla.
Una última decisión.
Pensaba que existiría un instante donde podríamos mirar atrás y decir:
"Aquí terminó todo."
Pero la vida nunca funcionó así.
Cada final llevaba dentro un comienzo.
Cada respuesta generaba una nueva pregunta.
Cada puerta que cerrábamos revelaba otra que todavía no habíamos visto.
Y quizá esa era la mayor lección que habíamos aprendido.
No estábamos destinados a encontrar un punto final.
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