El chasquido metálico de los portones pesados al cerrarse a sus espaldas resonó en los oídos de Antonio Sepúlveda como un trueno. Durante años, ese sonido había marcado el inicio de su encierro, pero hoy significaba el principio de su verdadera condena: volver al mundo exterior sin el escudo de su imperio, sin el estatus que una vez lo definió, y con el corazón en la mano frente a la única mujer que podía destruirlo con un pestañeo.
Antonio vestía un traje sencillo, oscuro, ajustado pero sin l