—Campeón, mi cielo —les digo a mis hijos mientras entran a la oficina.
Me hinqué frente a ellos para plantar besos en sus frentes; el de mi hija duró un poco más. Huele a productos de bebé y frutas. Luego le despeiné el cabello a mi hijo, orgulloso de la forma en que ayudó a su hermana a bajar del auto y a entrar al edificio. Los había observado desde la ventana de la oficina en cuanto llegaron; un viejo hábito protector que adopté.
—¿Cómo les fue en sus sesiones de latín? —le dirigí la pregunt