62. La odio

Zaira

Estaba tranquila, y eso era lo que más me agradaba. Ahora vivoa aquí junto a mamá y a mi sobrinito; nadie nos interrumpía, nadie nos molestaba.

Mamá ya se había acostumbrado a preparar maní y palomitas dulces, junto con palomitas de mantequilla, para ir a la escuela de mi sobrino y ofrecerlas. El pequeño también ayudaba mucho. En mi caso, tenía bastante trabajo, porque la vecina había traído personas para que les arreglara vestidos rotos o pantalones que necesitaban ajuste o costura. Eso era muy bueno, porque estaba reuniendo poco a poco dinero para cuando naciera mi hijo.

Pero de repente me puse intranquila; sudaba mucho y me sentía cansada, así que decidí dejar de costurar y levantarme. Mi vientre estaba aún más grande y pesaba tanto que caminar se me dificultaba. En ese momento escuché que tocaban la puerta con insistencia. Pensé que era mamá, pero al abrirla me quedé asombrada al ver a Zaleth de pie, observándome con las cejas elevadas y una sonrisa estampada en el rostro.

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