58. ¡Maldita!
Leonardo
La semana pasó volando. Lo único que logré fue hablar con Marcos, pero casi no quiso comentar nada. En varias ocasiones lo escuché nervioso y estuve a punto de preguntarle qué estaba sucediendo, pero me aguanté las ganas. Llevaba toda la semana sin hablar con Zaira; no sabía cómo estaba, no se había comunicado conmigo. Cuando le pregunté a Marcos, solo me dijo que sería mejor hablar cuando regresara y que me preocupara más por lo que estaba haciendo. Mi hermana Griselda y María ya se encontraban en la mansión, pero casi no llamaba a hermana por lo muy ocupado que me encontraba.
Por otro lado, descubrí que la firma que estaba puesta realmente sí era la de mi padre. Por suerte, el museo tenía mi nombre y la firma de él cuando me lo entregó. De hecho, me lo entregó vacío; fui yo quien lo fue creciendo poco a poco, implementando esculturas antiguas que pertenecían a mis abuelos y comprando obras de otros países: cuadros de Picasso, entre otros, incluso de Da Vinci. Por esa razón