ASTRID
Las llamas danzaban en la distancia, altas, salvajes… como si el fuego mismo llorara conmigo. Observaba cómo los cuerpos de Magnus e Ingrid eran consumidos por el fuego purificador, y sin embargo, todo dentro de mí seguía cubierto de una escarcha amarga. Aquel calor no era suficiente para disipar el frío en mi alma.
Me aferraba a la mano de Ronan como si de ella dependiera mi última chispa de humanidad.
Todo en mí estaba roto, desgarrado, pero aun así permanecía de pie.
El crepitar del