—No sé qué está pasando, mamá —dije finalmente, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros—. Astrid... ella... no recuerda nada. Dice que fue a ver a Catrina por información sobre Elliot y, de pronto, apareció en la cascada, llena de sangre y... —Me llevé una mano al rostro, frotándome los ojos con frustración—. No puedo entenderlo.
Mi madre me miró con esa mirada inquisitiva que siempre me había puesto nervioso desde que era un niño. —¿Y tú le crees? —preguntó con suavidad.
—C