Vladislav se encontraba en una de las salas más privadas del castillo de Eryndor, la tenue luz de las velas proyectaba sombras que danzaban en las paredes de piedra. A su lado, Adara observaba en la distancia la nada y en silencio, la inquietud que albergaba en su interior era palpable. El peso de los últimos días sobre sus hombros la hacía sentir como si una sombra invisible la acechara constantemente. Aunque la tranquilidad de las tierras de Eryndor les ofrecía un respiro, la amenaza de Kam y Christian seguía latente, como una espina clavada en su mente.
Vladislav no podía quitarse de la cabeza lo que había sucedido en las tierras de la manada Luna Roja, el encuentro con Kam y la creciente presión de Christian. Aunque había logrado alejar momentáneamente la amenaza de ellos, la situación estaba lejos de resolverse. Irina, con su sed insaciable de poder, ya había comenzado a causar fisuras dentro de la manada Drakos. Y aunque él no lo advirtiera, una parte de él se sentía incómodo, s