Vladislav se encontraba en una de las salas más privadas del castillo de Eryndor, la tenue luz de las velas proyectaba sombras que danzaban en las paredes de piedra. A su lado, Adara observaba en la distancia la nada y en silencio, la inquietud que albergaba en su interior era palpable. El peso de los últimos días sobre sus hombros la hacía sentir como si una sombra invisible la acechara constantemente. Aunque la tranquilidad de las tierras de Eryndor les ofrecía un respiro, la amenaza de Kam y