Cuando salí al jardín delantero de la casa de Giorgio, vi mi coche estacionado. Mi corazón dio un vuelco, y corrí hacia él con un nudo en el estómago.
—Alessandro lo ha traído. Tus cosas están dentro. Te pido que, si algo sucede, me llames. De todas formas, Alessandro seguirá vigilándote —dijo Giorgio a mi espalda.
Me giré para mirarlo, buscando respuestas en sus ojos.
—¿Qué podría pasarme? Sé que me ocultas algo, y temo imaginar lo que es, pero... creo que, si lo supiera, podría encontrar la f