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Mis párpados se sentían pesados, y mi cuerpo demasiado perezoso como para moverse. La calidez que me envolvía era reconfortante, así que me acurruqué aún más. Me sentía protegida, como si el mundo exterior no pudiera alcanzarme.

—Veo que quieres seguir durmiendo, pero yo tengo que trabajar —dijo una voz grave y familiar, sacándome de mi letargo.

Abrí los ojos de golpe, y mi corazón dio un vuelco al darme cuenta de dónde estaba: toda sobre Giorgio, mis piernas enredadas con las suyas, mi cabeza
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