Me encerré en la habitación y me dejé caer al suelo, un torrente de lágrimas brotando sin control. Lo que había presenciado no me dejaba respirar; la culpa era un veneno que me carcomía. No podía sacar de mi cabeza las súplicas de aquella mujer, ni la forma cruel en que decidió acabar con su vida.
La puerta sonó, y mi corazón se detuvo por completo. Seguramente eran ellos, esos hombres, buscándome para matarme por haber sido testigo de todo.
—Señora, la buscan abajo —informó una de las empleada