25

Me encerré en la habitación y me dejé caer al suelo, un torrente de lágrimas brotando sin control. Lo que había presenciado no me dejaba respirar; la culpa era un veneno que me carcomía. No podía sacar de mi cabeza las súplicas de aquella mujer, ni la forma cruel en que decidió acabar con su vida.

La puerta sonó, y mi corazón se detuvo por completo. Seguramente eran ellos, esos hombres, buscándome para matarme por haber sido testigo de todo.

—Señora, la buscan abajo —informó una de las empleadas desde el otro lado.

Mi pecho volvió a latir, pero esta vez con un golpe seco de incertidumbre. ¿Quién podría buscarme a estas horas?

Me levanté temblando, secándome las lágrimas con el dorso de la mano. Caminé con cautela hacia la puerta y la abrí, mirando a la chica con el ceño fruncido.

—¿Quién? —pregunté con la voz rota.

—Un hombre que dice llamarse Giorgio —respondió.

No esperé más detalles. La aparté y salí corriendo por el pasillo. Bajé las escaleras con el corazón desbocado, y allí, en
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