Los dardos llovían como granizo letal. Tres impactaron en la pared junto a mi cabeza mientras me lanzaba detrás de una caldera oxidada. El metal chirriaba con cada nuevo impacto, y supe que mi refugio no duraría mucho.
—¡Por la salida este! —la voz de Dante era un rugido que atravesaba el caos—. ¡Sera, cubre a Lucía!
Un mercenario apareció a mi izquierda. No pensé. Mi cuerpo actuó por instinto, esa percepción acelerada que había despertado durante el ataque anterior tomando el control. El tiemp