La voz de Sebastián seguía resonando en mi cabeza tres horas después. Solo hablaré con mi esposa. Con Lucía. El edificio de comunicaciones se había vaciado, pero el eco de esas palabras permanecía suspendido en el aire como un veneno que nadie se atrevía a respirar. Dante había ordenado silencio de radio, pero yo sabía que el silencio no duraría. Sebastián siempre conseguía lo que quería.
—Es una trampa obvia —Henrik golpeó la mesa del consejo con el puño—. Morrison nos envía a su perro faldero