El golpe me sacó el aire de los pulmones y me envió rodando por la tierra volcánica.
La grava se clavó en mi piel, pero el dolor fue secundario a la humillación.
—Muerta.
Sera estaba parada sobre mí, ni siquiera jadeaba. Sus garras estaban a milímetros de mi garganta.
—Telegrafiaste el ataque —dijo, ofreciéndome una mano para levantarme—. Miraste mi hombro izquierdo antes de golpear. Si fuera un guardia de Aurora, tendrías un dardo en el cuello.
Acepté su mano y me puse de pie, escupiendo tierr