La sangre de Ricardo se expandía por el suelo de madera como una acusación.
Kael permanecía en el umbral, la bolsa de comida olvidada en su mano, los ojos recorriendo la escena con una velocidad que delataba entrenamiento militar. Tres cazadores muertos. Un falsificador agonizante. Y yo, con garras extendidas y el hombro ardiendo por el roce de plata.
—¿Cuántos? —Su voz fue un látigo.
—Tres. Entraron por la ventana.
—¿Más afuera?
—No lo sé.
Kael soltó la bolsa y cruzó la habitación en tres zanc