El amanecer nos encontró a medio camino de Isla Decepción.
El mar estaba extrañamente calmo, una superficie de mercurio líquido que reflejaba un cielo cargado de nubes bajas. Ninguno de nosotros había dormido. Tomás permanecía en la proa, todavía en forma humana pero con los ojos fijos en el horizonte, vigilante. Vera se había vendado una herida en el costado que sanaba más lento de lo normal. Plata en la bala. Tendría cicatriz.
Kael y yo no habíamos vuelto a hablar desde su declaración sobre R