Punta Arenas me golpeó con su caos ordenado.
Después de semanas en la isla, rodeada solo de rocas volcánicas y el rugido del viento antártico, la ciudad parecía un organismo vivo y ruidoso. Coches. Gente. Olores de comida, gasolina y humanidad mezclados en una sinfonía abrumadora.
Mis sentidos de licántropo entraron en sobrecarga.
—Respira —murmuró Kael a mi lado, su mano rozando mi codo—. Filtra. Concéntrate en un solo olor a la vez.
Quise apartarme de su contacto, pero tenía razón. Me concent