La visión me suelta como un cable cortado.
Regreso a mi cuerpo con violencia física. Mis rodillas golpean el suelo metálico de la antecámara. Sangre cálida gotea de mi nariz, salpicando el acero.
Tres segundos en el futuro acaban de costarme una hemorragia nasal.
Pero vi lo que necesitaba ver.
—¡La puerta interna es trampa! —Mi voz rasga el aire antes de que Morrison pueda terminar su discurso por los altavoces— ¡No la abráis!
Dante me alcanza en dos zancadas.
—¿Qué viste?
—Coliseo. Lobos escla