El cielo sangraba naranja cuando salí de la cabaña de Dante.
El sol se hundía en el horizonte como un ojo herido y, en el lado opuesto del firmamento, la luna ya asomaba. Pálida todavía, casi transparente, pero su presencia era un tirón en mis huesos. Un susurro en mi sangre que decía: pronto.
—Comeré antes de que oscurezca —Nadia apareció a mi lado con una bolsa de cuero desgastada—. Necesitarás energía. La transformación bajo luna llena drena todo lo que tienes.
Acepté la bolsa. Dentro había