La noche era densa, pero no oscura. Una bruma azulada se elevaba desde el suelo del claro, cubriendo apenas los tobillos, como si la tierra respirara sueños aún no nacidos. Elia caminaba delante, con los pies descalzos. Riven la seguía en silencio, llevando en una mano un cuenco de piedra, y en la otra, una antorcha apagada. No hacían falta palabras: la memoria compartida era más precisa que cualquier idioma.
El segundo altar, ahora transformado por la raíz invertida, palpitaba con una luz inte