La mañana era densa, cargada de un silencio que no era ausencia, sino contención. Elia caminaba sola hacia el claro del segundo altar, el que sólo se usaba cuando el linaje debía tocar la tierra desde adentro. No llevaba más que un cuenco de barro, una piedra marcada con espiral doble y el hilo de cobre en la muñeca.
El bosque parecía saberlo. Cada rama se apartaba justo antes de que la tocara. Cada hoja dejaba caer una gota precisa de rocío. No era magia. Era reconocimiento. Como si la tierra