La tarde caía con una lentitud sagrada. Elia y Riven regresaban del árbol de la memoria sin hablar, pero no por falta de palabras. Era el silencio lo que ahora tenía sentido. El hilo en su muñeca ardía con una tibieza persistente, como si marcara el compás de una melodía nueva.
El Consejo se reunía esa noche. No en el recinto habitual, sino en el claro del fresno, donde el cielo podía verlos. Elia sentía que cada paso la acercaba no solo a un lugar, sino a una decisión largamente gestada. Los á