DÍAS DESPUÉS DEL JUICIO.
La puerta se abrió con la llave que Adler me había dado hace años, “por si algún día la necesitas”, había dicho, sin imaginar cuántas veces la necesitaría para entrar y asegurarme de que ella seguía respirando. La casa estaba en silencio, demasiado silencio, Nana no estaba, y el eco de mis pasos sobre el mármol me hizo apretar la mandíbula. Sabía que cuando la casa se quedaba así, vacía, era cuando los recuerdos la atacaban más fuerte. Dejé mi bolso sobre la consola y