El día comenzaba en la cima de mi mundo, o al menos así lo sentía desde el piso treinta y dos de la torre de cristal que albergaba mi empresa en el centro de Toronto. Desde la ventana de mi despacho, la ciudad parecía una maqueta, diminuta y manipulable, y yo llevaba años construyendo mi imperio sobre esa ilusión de control. Pero por más que el poder fuera tangible, las decisiones estratégicas, los contratos millonarios y la lealtad comprada, nada podía borrar la sensación que Andrea dejó al ir