Rodrigo Mondragón volvió de Bruselas el lunes con tres días de barba, una maleta pequeña de la que salía algo que olía vagamente a la pastelería belga que había mencionado en un mensaje del sábado, y la sonrisa que Valentina no le había visto antes en esa versión específica.
No era la sonrisa despreocupada de siempre, la que usaba para todo porque era la que requería menos explicación y la que generaba menos preguntas. Esa sonrisa era performativa en el sentido más honesto del término: real, sí