Marco Mondragón tenía treinta años, los ojos claros que había heredado de un padre que nunca lo reconoció, y la manera de pararse en un umbral que Valentina identificó de inmediato: la de alguien que no sabe con certeza si tiene derecho a estar donde está pero llegó de todas formas porque no presentarse habría sido peor que el riesgo de llegar.
Valentina conocía esa manera de pararse. La había tenido ella misma en más de un umbral a lo largo de los años: el de la oficina del médico de su madre