A los once meses, Camila Reyes Mondragón tenía cinco palabras, dos dientes más de los que tenía en Tokio haciendo un total de cuatro, y la convicción profunda e inamovible de que el mundo era un lugar diseñado específicamente para su exploración y que los adultos de su entorno existían principalmente para facilitar esa exploración y ocasionalmente para rescatarla de las consecuencias más inconvenientes de ella.
Las cinco palabras eran: mamá, papá, agua, más, y no. Esta última la usaba con una f