— ¿Importa, Max? —susurró ella. Su voz tenía una suavidad peligrosa, una confianza que nunca había tenido antes.
—Me tienes aquí. Siente cómo quema mi piel.
Él bajó una mano, deslizándola con brusquedad desde su hombro hasta su cintura, pegando el cuerpo de Kate al suyo.
El contacto fue como una descarga eléctrica. Donde la piel de Max tocaba la de ella, pequeñas chispas de luz verde bailaban bajo la superficie de la carne de Kate, como venas de esmeralda viva.
—Tu magia me rechaza —dijo Max en