Agnes tenía el control, caminó hacia el centro de la carnicería. Sus ojos eran faros de luz esmeralda y Zafiro.
Extendió las manos y una onda expansiva de energía antigua golpeó las paredes de la cueva, lanzando a los lobos contra las rocas.
El silencio que siguió fue aterrador. Los lobos supervivientes se encogieron, gimiendo, reconociendo un poder que superaba al de cualquier Alfa.
El recipiente de Agnes los miraba con desprecio; en ese momento, la mujer dulce que Max amaba parecía haber si