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La lámpara de aceite seguía encendida, lo cual a estas alturas Adrián había decidido interpretar como un recordatorio del universo de que la gravedad, a diferencia de los hombres de poder, no negocia.

El pasadizo olía a piedra húmeda y a algo que Adrián no quería identificar con precisión. Elena caminaba delante de él con esa fluidez que seguía pareciéndole una ofensa personal, como si el suelo irregular fuera una superficie diseñada específicamente para sus zapatos. Él, en cambio, había tropez
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