La lámpara de aceite seguía encendida, lo cual a estas alturas Adrián había decidido interpretar como una promesa personal del universo: *esto va a funcionar o vas a arder con ello*.
Eran las dos y cuarenta de la madrugada cuando Elena colocó el primer documento sobre la mesa y dijo, con la misma calma con que se anuncia el tiempo:
—Empieza ahora.
No había dramatismo en la frase. Tampoco lo necesitaba. Adrián conocía ese tono: era el tono de alguien que ha calculado cada paso con tanta precisió