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La lámpara de aceite seguía encendida, lo cual a estas alturas Adrián había interpretado como una señal del universo de que las cosas iban a ponerse peor antes de ponerse mejor.

El salón de la Fundación Veltri ocupaba el tercer piso de un edificio que llevaba ciento cuarenta años mirando el lago Lemán con la expresión de quien sabe exactamente cuánto vale. Las arañas de cristal eran discretas de la manera en que solo las cosas muy caras saben ser discretas: sin esfuerzo aparente y con un efecto
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