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La silla que nadie había ocupado esa tarde seguía ahí, entre los dos, como un testigo discreto e inútil.

Elena no había respondido. Tampoco lo haría en los siguientes cuatro segundos, que Adrián contó con la precisión involuntaria de alguien que no tiene nada mejor que hacer que esperar a que el mundo se decida a girar. Luego ella se movió hacia la mesita junto a la ventana, tomó el vaso de agua que llevaba allí desde la mañana y bebió un sorbo con una ecuanimidad tan absoluta que Adrián sintió
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