El despacho del capitán Ridell North era un recinto donde el orden militar se imponía sobre cualquier asomo de humanidad.
El aroma a tabaco rancio, cuero viejo y cera para muebles se mezclaba con el gélido aire que se filtraba por las rendijas de las ventanas de piedra.
Ridell estaba sentado tras su escritorio de roble macizo, con la espalda recta y las manos entrelazadas, observando con una fijeza gélida al hombre que tenía enfrente.
El mayor Aiden Ivolet, con el rostro congestionado y los puñ