El día señalado había llegado, pero no traía consigo el aroma de la libertad, sino el hedor sofocante del miedo.
Diamond caminaba de un lado a otro en su habitación, sus tacones golpeando la madera con un ritmo errático que delataba su pulso acelerado.
El vestido de la fiesta, una obra maestra de seda color medianoche que Celine había ayudado a elegir, colgaba del armario como una mortaja elegante.
Diamond apretaba el teléfono contra su oído hasta que le dolía la mano.
Una llamada.
Dos.
Diez.
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