Diamond se encontraba sola en el centro de su habitación, con el pecho subiendo y bajando en una cadencia errática.
Sus manos, antes firmes para manejar los hilos de sus intrigas, ahora temblaban tanto que casi dejan caer el teléfono.
Observó el aparato como si fuera un arma cargada.
Las palabras de Ridell antes de partir —su promesa de protección, su oferta de dejarlo todo por ella— resonaban en su mente, pero el peso del beso de Killian era una mancha que se extendía, oscureciéndolo todo.
Ell