142. UN PAPEL DOBLADO EN CUATRO
REY GUILLERMO
Liam nos reconocía. Eso, al menos, era un consuelo.
Sus ojos se posaban sobre Nilea y sobre mí con la familiaridad de siempre, con ese brillo sereno que me recordó al niño que corría por estos mismos pasillos con una espada de madera demasiado grande para sus manos.
Pero había algo extraño. Algo profundamente inquietante.
Cada palabra que su madre pronunciaba parecía llegar a él como si perteneciera a la historia de otro hombre.
Escuchaba. Asentía. Fruncía el ceño. Y, sin emb