Capítulo ocho. Dos líneas que lo cambian todo.
Valentina llevaba horas despierta.
No había podido dormir.
La imagen de Marcos sosteniéndola tras el desmayo seguía rondándole la cabeza.
La preocupación en su voz.
La forma en que no la soltó.
—No necesito a nadie —se dijo—. Nunca lo he hecho.
Pero su cuerpo parecía empeñado en contradecirla.
Náuseas.
Cansancio extremo.
Mareos.
Y un retraso que ya no podía ignorar.
Valentina se quedó sentada en el borde de la cama, mirando la caja blanca sobre la