Capítulo setenta y ocho. Donde duele el recuerdo.
El silencio después del impacto siempre era el peor.
Alexandra no durmió esa noche. Se sentó en el sofá, con una manta sobre los hombros, observando el reflejo de la ciudad en los ventanales. Daniel se había quedado despierto con ella, pero sin invadir. A veces el amor también sabía cuándo callar.
—Ese informe… —dijo ella al fin— lo hicieron después del accidente de mis padres.
Daniel giró apenas la cabeza.
—Nunca me hablaste de evaluaciones psicológicas.
—Porque no fueron voluntarias.
Se abrazó a sí misma.
—Eleanor tenía poder. Mucho. Decidió que yo necesitaba ser “observada”. Que mi dolor era inestable. Que no estaba en condiciones de heredar nada.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Y el diagnóstico?
Alexandra sonrió sin humor.
—“Capacidad funcional conservada, con episodios de disociación vinculados a trauma no resuelto.” —Suspiró—. Traducido: estaba rota, pero no lo suficiente como para encerrarme.
Daniel se acercó, se sentó frente a el