Capítulo sesenta y ocho. La herencia más peligrosa.
La reunión no ocurrió donde Eleanor Hale la había solicitado.
Alexandra se negó con una elegancia que rozaba lo insolente, enviando en su lugar una notificación formal: cualquier discusión relacionada con el fideicomiso Hale se realizaría en presencia de todos los beneficiarios vivos y sus representantes legales, en un entorno neutral.
Eleanor aceptó.
Demasiado rápido.
Eso fue lo que encendió todas las alarmas.
—Cuando alguien como ella dice que sí sin pelear —comentó Daniel mientras cerraba su chaqueta—, es porque ya ganó algo.
—O porque cree que va a hacerlo —respondió Alexandra, ajustándose los pendientes—. No es lo mismo.
El lugar elegido fue una sala privada en un edificio histórico del Upper East Side. Madera oscura, ventanales altos, una mesa larga que parecía diseñada para intimidar.
Alexandra llegó con Daniel y Carlos. No como víctima. No como heredera temblorosa.
Como dueña de su nombre.
Eleanor Hale ya estaba allí.
Impeca