Capítulo cuarenta y dos. Éramos dos.
El cielo sobre Manhattan había cambiado. Las nubes, densas y pesadas, parecían anunciar una tormenta, como si el universo supiera que lo que estaba por venir no era una simple continuación, sino una grieta profunda en el tejido de todo lo que Kyan y Nicole creían conocer.
A las siete y treinta y dos de la mañana,, Kyan abrió una carpeta que no recordaba haber visto antes. Estaba en uno de los archivadores de su antigua oficina personal, resguardada por una