Capítulo veintiséis. Quiero el pasado enterrado.
La mañana en el departamento de Kyan Byron transcurría en silencio, como si las paredes mismas intentaran digerir lo que había sucedido la noche anterior.
Nicole despertó mucho antes de que el sol saliera. Se quedó inmóvil, con la respiración contenida, repasando en su mente una y otra vez aquel beso que no debió suceder. El roce de los labios de Kyan seguía impregnado en su piel como una quemadura dulce y peligrosa. No podía dejar de pensar en su expresión, en la forma en que la miró como si todo lo que sentía aún estuviera ahí… bajo capas de orgullo, de dolor, de reproches.
Se sentó en el borde de la cama, frotándose las sienes. No podía permitirse volver a caer. No cuando había tanto en juego.
—¿Mamá? —La vocecita de Millie la hizo girarse.
—Hola, mi amor —dijo Nicole con una sonrisa forzada—. ¿Dormiste bien?
—Sí. ¿Kyan ya se fue a trabajar?
—No lo sé… —contestó Nicole, sin mirarla a los ojos.
Kyan, por su parte, se había encerrado