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El martes había empezado como empezaban todos los martes desde hacía seis semanas: con el sonido del despertador a las seis y cuarto, con la luz entrando en diagonal por las persianas del penthouse, y con la certeza tranquila —todavía nueva, todavía capaz de sorprenderla— de que la mano de Thiago estaba sobre su cadera.

No era un gesto posesivo. Era, más bien, la clase de contacto inconsciente que solo ocurre cuando el cuerpo de una persona ha aprendido, en el sueño, que la otra está ahí. Ximen
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