Elena llegó al día siguiente a las once de la mañana.
No con la maleta pequeña de los días que empezaban como visitas y se convertían en otra cosa. Con el bolso de siempre y esa postura que tenía para las conversaciones que había decidido que era el momento de tener: la espalda recta, los hombros sin la tensión de quien carga algo sino con la calma de quien ha decidido que lo que llevaba encima ya no necesita ser llevado solo.
Ximena la recibió con el café preparado, porque era la manera en que