Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl estacionamiento subterráneo de Torre Santibáñez olía a concreto húmedo y aceite quemado. Victoria había descendido las cinco plantas en piloto automático, con las grabaciones digitales ardiendo como carbón contra su pecho, guardadas en la memoria USB que pendía de una cadena bajo el cuello de su blusa. Las once y cuarenta y cinco de la noche según el reloj del tablero. Quince minutos para llegar al punto de encuentro con







