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La llamada llegó a las 3:47 de la madrugada, cuando la oscuridad todavía pesaba sobre Monterrey como manto de terciopelo negro. Victoria despertó con el teléfono vibrando contra la mesita de noche, y supo—con esa certeza visceral que solo trae la intuición—que Gabriel había muerto.

—Señora Santibáñez —la voz del Dr. Méndez sonaba cansada, profesional, despojada de cualquier emoción innecesaria—. Necesito que venga al hospital de inmediato.

Alejandro ya estaba despierto, sentado

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