El agua caliente de las duchas comunitarias caía como lluvia de ácido, y La Navaja sostenía un pedazo de vidrio afilado que brillaba como promesa de dolor.
El vapor convertía el espacio en una neblina espesa donde las sombras se movían como fantasmas. Victoria estaba de pie bajo uno de los chorros oxidados que escupían agua a presión irregular, con el cabello negro pegado al cráneo y el uniforme naranja empapado adhiriéndose a su cuerpo como una segunda piel. Las baldosas del piso estaban cubie