El agua caliente de las duchas comunitarias caía como lluvia de ácido, y La Navaja sostenía un pedazo de vidrio afilado que brillaba como promesa de dolor.
El vapor convertía el espacio en una neblina espesa donde las sombras se movían como fantasmas. Victoria estaba de pie bajo uno de los chorros oxidados que escupían agua a presión irregular, con el cabello negro pegado al cráneo y el uniforme naranja empapado adhiriéndose a su cuerpo como una segunda piel. Las baldosas del piso estaban cubiertas con una película de moho y jabón que hacía cada paso una apuesta contra la gravedad.
No estaba sola. Tres mujeres la rodeaban en un semicírculo perfecto que bloqueaba cualquier ruta de escape hacia la puerta de metal. La Navaja estaba al centro, con sus cicatrices brillando bajo el agua que corría por su piel tatuada. Las otras dos eran desconocidas para Victoria, pero sus ojos tenían esa mirada vacía de quien había cruzado tantas líneas morales que ya no podían recordar dónde habían comenz