La celda del Centro de Readaptación Femenil de Monterrey olía a desesperación ajena y desinfectante barato, y Victoria Santibáñez había dejado de existir oficialmente hacía seis horas.
El uniforme naranja colgaba de su cuerpo como una mortaja de tela áspera que raspaba la piel con cada movimiento. Las costuras mal cosidas dejaban marcas rojas en sus muñecas donde las esposas habían mordido durante el traslado. La ficha policial que le habían tomado al ingresar mostraba a una mujer con los ojos